Un serrano del Rincón Xhidza de Oaxaca manda un mensaje de voz al grupo de Telegram de su familia, dispersa entre la Ciudad de México, Estados Unidos, la ciudad de Oaxaca y su pueblo natal. ¿Cómo llegó ese mensaje del celular, conectado vía WiFi a un módem, a los demás miembros del grupo? Antes de entrar a las complejidades de la IA, hay que reconocer que este flujo de datos, que parece efímero, depende de una estructura física que se ha construido en todo el mundo: apropiándose primero del cableado telefónico y de televisión por cable donde existía, y luego tendiendo su propia infraestructura por mar, tierra y aire.
SI bien las conexiones a internet parecen invisibles, como actos de magia en el aire, detrás hay una estructura bastante sólida. La infraestructura que mueve el 99% del tráfico de internet son cables — en la tierra y debajo del mar, ya no de cobre como en el siglo XIX sino de fibra óptica protegida por una capa de kevlar, el material de los chalecos antibalas. Y estos cables tienen dueños: la mitad pertenece a consorcios de empresas tradicionales de telecomunicación; los gigantes tecnológicos —Amazon, Google, Microsoft— controlan una parte creciente; el resto, alrededor del 10%, es de gobiernos. También tienen geografía: el mapa de TeleGeography (submarinecablemap.com) muestra la distribución del internet — desde los países hiperconectados como Estados Unidos, Europa y China, hasta países como México, cuyos datos deben atravesar territorio ajeno para llegar a su destino, expuestos a ser minados por corporaciones y vigilados por agencias de seguridad. ¿Y el internet satelital como Starlink? Importante en zonas rurales de Oaxaca, pero en términos globales representa apenas el 1% del tráfico por sus limitaciones tecnológicas. Lo que mueve el mundo siguen siendo los cables de fibra óptica, que terminan su recorrido en los centros de datos.

Aunque la infraestructura que captura el comportamiento humano y lo convierte en datos se extiende por todo el mundo — vía celulares, computadoras y todo tipo de dispositivos “inteligentes” — el procesamiento ocurre en lugares muy específicos: los centros de datos. El mapa de Data Center Map (datacentermap.com) lo confirma: están concentrados en el norte global y el este de Asia. Estados Unidos es por mucho el líder, seguido por países europeos; China, a pesar de su desarrollo tecnológico, se queda considerablemente atrás. En su estructura general, este mapa debería parecernos familiar.

Es un espejo de las relaciones de los últimos 500 años: una infraestructura para extraer, algunos nodos locales para el preprocesamiento, y luego el procesamiento a gran escala en los países que han construido la economía global a su favor. Sea un mapa de oro, plata, azúcar, hule o petróleo, el patrón sigue siendo el mismo: extracción global, procesamiento y aprovechamiento en unos cuantos países. Desde Oaxaca, es la misma historia — una infraestructura en manos ajenas extrae datos para procesarlos en otros lados y nos vende productos virtuales creados con base en esos mismos datos. El flujo de materia prima hacia el norte, y su regreso en forma procesada, costosa y saturada de publicidad.
Sin embargo, este mapa no es estático ni simple. El este y sur de Asia están desarrollando su propia infraestructura regional, con alta conectividad y centros de datos propios — una dinámica que complica la narrativa binaria Norte-Sur. Eso contrasta con América Latina, muy enfocada en Estados Unidos y con escaso desarrollo propio. Esta fractura es lo que el especialista en economías digitales Nick Srnicek describe en Silicon Empires como “stacks hemisféricos desacoplados”: China y Estados Unidos están construyendo infraestructuras digitales separadas — con sus propios cables, plataformas, estándares y cadenas de valor. El desacoplamiento no es neutral para quienes vivimos fuera de esos centros de poder: para América Latina significa quedar atrapada en el stack de Estados Unidos sin capacidad de negociación, dependiente de sus plataformas, sujeta a sus regulaciones y sus precios, sin voz en las decisiones sobre los algoritmos que procesan nuestros datos.
Los centros de datos no son un bien universal. Como las fábricas en tiempos de la industrialización, representan poder productivo, pero también implican un alto costo ambiental. En el estado de Virginia de EEUU, una de las áreas donde se concentran estos centros, el consumo de agua aumentó un 66% entre 2019 y 2023, debido a la proliferación de estas instalaciones. Un solo centro de datos grande puede consumir tanta agua como una ciudad mediana, sin que esa agua regrese al ciclo local. A eso se suma el consumo energético, que en muchos casos sigue siendo fósil y redirige recursos destinados a otros servicios básicos. No es casualidad que el debate sobre el cambio climático casi haya desaparecido de la agenda en medio de la carrera por esta nueva economía: el poder y las ganancias triunfan otra vez sobre la salud del planeta, y la alta concentración de esta infraestructura en ciertas regiones multiplica esos efectos localmente.
En Oaxaca todavía no hay centros de datos — y qué bueno: la insuficiente producción energética y la falta de agua los harían inviables. Pero eso también significa que ocupamos el último eslabón de esta infraestructura: sujetos a la minería extractiva de los minerales necesarios para fabricar dispositivos y cables, y al mismo tiempo al extractivismo de datos sin control local ni nacional sobre su extracción. Ha habido esfuerzos concretos para revertir esto — notablemente TIC A.C., que construyó infraestructura de telecomunicaciones propia en comunidades de Oaxaca y Guerrero ignoradas por los monopolios comerciales, y que en 2021 ganó una victoria histórica en la Suprema Corte para operar sin los mismos cargos que las corporaciones transnacionales. Pero incluso TIC A.C. opera dentro de un marco regulatorio diseñado para otros actores, y sigue sin existir legislación que proteja los datos individuales ni comunitarios.
La construcción de cables y centros de datos es también la construcción de un territorio: uno que se presenta como servicio pero cuyo fin real es la extracción. En el sur de México somos parte de un stack en el que no decidimos: somos mercado y materia prima. ¿Qué significaría disputar este territorio digital desde una lógica comunitaria y de cuidado, en lugar de una de poder y ganancia? Las disputas por minería, agua y tierra que las comunidades oaxaqueñas ya conocen apuntan en esa dirección. El siguiente ensayo entra directamente a eso: ¿cómo se disputa el dato?
También disponible en indigitaloaxaca.substack.com
